17 DE MAYO DE 1990, 30 AÑOS DE NORMALIZAR LA DISIDENCIA SEXUAL / FABIOLA DÍAZ DE LEÓN @escdesenoritas ESCUELA DE SEÑORITAS

COLUMNA, NACIONAL, POLÍTICA

 

 

Se cumplieron 30 años de que la homosexualidad saliera del manual de enfermedades mentales de los psiquiatras. En 2018 la disforia de género (transexualismo) también salió del manual y pasó a ser “incongruencia de género” pero no será sino hasta 2022 que se edite (desde el 90) el nuevo manual donde se consigna esta reforma. Las enfermedades mentales son como las leyes a fin de cuentas, la esclavitud era legal, ahora no lo es más. La discriminación racial era la norma obligada, ahora está penada. Los tiempos cambian y con ellos los legajos que consignan las reglas del juego de lo que llamamos sociedades o ciudades, países. Tal vez los disidentes de la estricta heterosexualidad ya no seamos considerados enfermos mentales, pero aún así vivimos el estigma de no ser como el denominador común. Sufrimos discriminación de muchas formas, en el círculo familiar por lo general, en el trabajo, en la escuela, en la iglesia, en los espacios públicos nos arriesgamos a sufrir maltrato y, a veces, violencia asesina. Los llamados crímenes de odio, que pueden ser contra hombres que tienen sexo con hombres, gays, lesbianas, bisexuales, travestis, transgéneros, transexuales, intersexuales o asexuales y queers.

Han pasado 30 años que la OMS declaró que la disidencia sexual no es una enfermedad y sin embargo existen los que curan la homosexualidad con métodos que en países son considerados ilegales y de tortura. Lo mismo sucede con la reciente salida de la disidencia de género y son el grupo más atacado, discriminado y foco de violencia asesina. Sobresalen entre ellos las mujeres trans que son asesinadas en índices altísimos y que no merecen que la justicia voltee a verlas. Si un feminicidio es impune en un 97% un transfeminicidio lo es todavía más. Se resuelve un caso en cientos. Podríamos citar el de Agnes Torres por ejemplo. Ya no somos material de manicomio o psiquiátrico pero sí de cárceles y centros de conversión donde se sufren las peores bajezas como las violaciones correctivas a las lesbianas y el sexo obligado con mujeres a hombres que tienen sexo con hombres. Las personas que cambian de género son invisibilizadas y no se les reconocen sus estudios, su sexo destino en sus identificaciones oficiales o sus oficios o grados académicos. La Ley de Identidad de Género se cuenta en nuestros estados con los dedos de las manos y deja al resto de la población viviendo en la clandestinidad y la discriminación absoluta.

 

Los derechos fundamentales entre heterosexuales y los que no lo somos siguen en desigualdad por mucho día del orgullo y de la homo lesbo bi trans fobia.

Las familias siguen desconociendo a sus integrantes que no concuerdan con sus expectativas sexoafectivas o que deciden cambiar de un sexo a otro o que no se identifican ni como uno u otro, los no binarios. Entre grupos progresistas como lo es el feminista existen grupos que se enorgullecen de no reconocer a las personas trans entre sus filas o movimientos porque son hombres con vestido o mujeres que son hombres. Nada más absurdo dentro de un movimiento que se fundamenta en la importancia de ejercer su voluntad libremente. El espectro de la sexualidad humana es más grande que cualquier cantidad de etiquetas que se sumen a la diversidad sexual. De hecho ya son tantas las letras de esa diversidad que resulta hasta medio un chiste citarlas todas, yo soy de la idea de que la única manera de llegar a la igualdad de derechos es la de tener una sola visión de persona humana, más allá de cualquier diferencia, cualquiera nacido de una mujer debe gozar de los mismos derechos que todos gozan. Porque no sé de una igualdad más grande. Todos nacemos de una madre, de un alumbramiento, de una luz que se gestó meses en el vientre de una mujer. No debería haber condición más obvia para el estado para garantizar que todos tengan las mismas obligaciones y ventajas. No tendríamos que diferenciarnos por color, sexo, condición social, clase, raza, religión o preferencias. Ese sería el giro que yo le daría a los defensores de derechos humanos, dejar de defender a los diferentes para pugnar por una igualdad nata que obligue a las garantías individuales de todos.