365 DÍAS / PABLO GÓMEZ #JuevesDeMasColumnas @CiroGómezL EN @Excelsior
A menos que esto haya sido un engaño de principio a fin, alguien tendría que asumir la responsabilidad primaria del naufragio de la reforma electoral de la presidenta Sheinbaum, formalmente sepultada ayer.
El primer nombre que me viene a la cabeza es el del veterano a quien se le encomendó la conducción del proyecto: Pablo Gómez. No parecía tan difícil diseñar una iniciativa que cumpliera con los objetivos trazados en Palacio Nacional y fuera aceptable para los aliados del Verde y el PT. Pero no ocurrió.
Todo indica que, fiel a su biografía y a su estilo, Pablo Gómez se movió con la lógica de no hay más ruta que la mía. Él tenía una reforma en su mente y era la que debía imponerse. He escuchado versiones de que, incluso, llegó a modificar por sus pistolas acuerdos adoptados por la Comisión de la reforma —que él, cierto, presidía—, y eran esas versiones unilaterales las que exponía ante la Presidenta.
El resultado está a la vista: un fracaso. Un fracaso que es también el de su gestión. No habría estado a la altura. Fue el teórico obtuso incapaz de construir acuerdos ni siquiera con los de casa. Se machacará, por supuesto, que la culpa es de la ambición política y la codicia del Verde y el PT. Quizá por eso Pablo reaparezca pronto por ahí, como si nada hubiera pasado. Otra vez sin más ruta que la suya.
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