MISMA POLARIZACIÓN, DISTINTA TRIBUNA #MartesDeColumnas @beltrandelrio EN @Excelsior

COLUMNA, NACIONAL, POLÍTICA

El expresidente Andrés Manuel López Obrador reapareció en la esfera pública, el domingo, mediante un video, grabado —según sus propias palabras— en su finca chiapaneca de La Chingada.

El pretexto fue presentar su nuevo libro, Grandeza, pero la puesta en escena, y el contenido mismo del mensaje, dejaron claro que nada fue casual. Desde la escenografía hasta el discurso, cada elemento sirvió para reafirmar una presencia que se resiste al olvido.

La ambientación del video es una declaración de intenciones: López Obrador aparece sentado en una mecedora de respaldo alto y ancho, cuya forma evoca, de manera inequívoca, la silla presidencial. A pesar de su supuesta vida campirana, está enfundado en una inmaculada guayabera blanca y pantalón de vestir. Además, las cámaras insisten en enfocar gallinas y otros elementos rurales, reforzando la narrativa de que “él es parte del pueblo”, un recurso recurrente en su carrera. Este minucioso montaje es la primera señal de que no estamos ante un político retirado vuelto escritor.

El politólogo Arturo Ponce Urquiza, en entrevista con Imagen Radio, no dudó en calificar esta reaparición como el final de un “año sabático”, desmintiendo la idea de un auténtico retiro de la política. El contenido del mensaje le da la razón. A lo largo de 49 minutos, el expresidente teje una densa red de alusiones a la política actual, demostrando una conexión viva con los asuntos nacionales. Lejos de la neutralidad que se esperaría de un exmandatario jubilado, López Obrador mantiene vivo su discurso de la polarización, citando a sus adversarios y reafirmando su visión de la susodicha Cuarta Transformación.

El mensaje opera como una intervención política activa. El expresidente no sólo defiende su legado, sino que traza una línea roja para un posible regreso. Afirma que volvería a la política activa si se cumple alguna de tres condiciones que él considera graves: un atentado contra la democracia, un intento de desestabilizar al gobierno de Claudia Sheinbaum o un ataque a la soberanía nacional. El mensaje en sí mismo es un mentís a su decisión de retirarse, pues su sola mención de estas condiciones lo proyecta como el garante último del movimiento. La afirmación de que no realizará una gira de presentación para su libro porque no quiere hacer sombra a la presidenta Sheinbaum, si bien suena a deferencia, es irónicamente un acto de sombra en sí mismo, al erigirse como la figura a la que, por precaución, no se debe opacar.

El día de la reaparición tampoco es baladí. El 30 de noviembre precede a la conmemoración del séptimo aniversario de su ascenso al poder, un momento simbólico. Ocurre justo en un contexto de cambio en la titularidad de la Fiscalía General de la República, y en medio de amenazas externas, como la postura del gobierno de Donald Trump respecto a Nicolás Maduro, que él bien podría interpretar como un posible “ataque a la soberanía”. A esto se suma la manifestación de inconformidad de varios sectores de la sociedad mexicana con la autodenominada Cuarta Transformación. Su reaparición en este momento de efervescencia es una inyección de presencia cuando el movimiento da visos de cansarse.

El tono del mensaje es innegablemente paternalista. López Obrador ya tuvo su oportunidad de gobernar, y esta incursión, incluso meramente verbal, es un acto protagónico no solicitado. El hecho de pedir apoyo explícito para Sheinbaum, con frases como “hay que seguir apoyando a la Presidenta”, podría entenderse como que la mandataria carece de ese apoyo o que requiere de su bendición. Se supone que con la entrega del “bastón de mando” él había cedido el liderazgo, pero al actuar como el vigilante supremo y el vocero moral del movimiento, demuestra que no pretende dejar de ser el líder de la 4T. Si el retiro fuera genuino, no habría necesidad de publicar un video tan cargado de alusiones y directrices políticas. La publicación y presentación de Grandeza —una “investigación” y redacción que apenas le tomó un año— son la demostración de que el expresidente no se ha ido; simplemente, ha cambiado de tribuna.