PASIÓN POR CORRER / GUERRERO DE LA EXISTENCIA #MartesDeColumnas @ayalaross1 en @elheraldo_mx

En todas las carreras en que participaba, el público lo ovacionaba. Le llamaron el Tornado del Turbante, siempre corría con su dastar amarillo.
A sus 114 años, Fauja Singh se levantaba al amanecer y, después de beber dos vasos de agua, una taza de té con semillas de lino y un yogur natural, salía a caminar por las calles de Bias, su pueblo natal, al norte de la India. No sólo había sobrevivido a sus amigos, a dos guerras mundiales, a la muerte de su mujer y su hijo y a su época. Con todo, cuando cumplió 89 años empezó a correr y a los 100 ya era maratonista, el primero en la historia con esa edad. ¿Cuál fue su secreto para convertirse en el corredor más longevo? “Comer menos, correr más y ser feliz”, revelaba en entrevistas.
Fauja murió la semana pasada, tras ser atropellado por un automóvil mientras cruzaba una calle. Aunque fue trasladado con vida al hospital, no sobrevivió a las heridas en la cabeza. El conductor se dio a la fuga, pero dos días después fue localizado y arrestado. Todos en India, y los corredores a quienes nos maravillaba su increíble longevidad y determinación, no sólo lamentamos profundamente su muerte, nos indignó la forma abrupta como sucedió.
Entre el Fauja que nació en 1911 con una debilidad en las piernas que le impidió caminar hasta los cinco años, que tampoco practicó deporte en su juventud, al Fauja que en 2011 corrió y terminó el maratón de Toronto; pasó una vida llena de sucesos y vicisitudes. En 1992, al morir su esposa, se fue a vivir a Londres con su hijo mayor, pero en una de sus visitas a la India presenció la muerte de su hijo menor. Fauja estaba tan devastado que la familia, preocupada por su estado emocional y avanzada edad, lo envió de nuevo a Londres para recuperarse.
Por esos días, Fauja visitaba un templo sij en donde conoció a un grupo de corredores. Entre ellos estaba Harmander Singh, quien se convertiría en su entrenador. En 2000, al cumplir 89 años, debutó en el Maratón de Londres –el cual corrió otras seis veces— y hasta 2013 logró terminar nueve maratones. “Correr fue la forma que Dios me dio para distraer el sufrimiento personal por la pérdida de mi esposa y mi hijo. Para mantenerme vivo y ser lo que soy”, proclamaba.
En todas las carreras en que participaba, el público lo ovacionaba. Le llamaron el Tornado del Turbante, ya que siempre corría con su dastar amarillo en la cabeza. Su motivación fue inspirar a los más jóvenes, pero lo cierto es que muchos sabrán de su existencia ahora que no está en este mundo. Un hombre que nunca fue a la escuela, que vivió gran parte de su vida en el campo, que alcanzó fama mundial, pero, sobre todo, que encontró en la carrera una manera de convivir con el tiempo ante un futuro cada vez más diminuto.
Cuando se le preguntaba si temía a la muerte, su respuesta era: “Sí, por supuesto que le temo. ¡Si la diversión acaba de empezar para mí! No hay una edad determinada para convertirse en un guerrero de la existencia”. Aunque admiro sobremanera su inmensa capacidad de adaptación y resiliencia, me gustaría decir que seguiré su ejemplo, pero confieso que aún me aterra y paraliza un poco la idea de envejecer. ¡Mientras tanto, seguiré corriendo!
POR ROSSANA AYALA
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