#Sabadeando “2019: LA CERTEZA DE LA DUDA” @IvonneMelgar EN @Excelsior

COLUMNA, NACIONAL, POLÍTICA

 

El éxito del Presidente se ha concentrado en la retórica, desde la cual disecciona la cultura de la corrupción que ha unido al poder político con el económico, una mancuerna que, según esa retórica, ha profundizado la desigualdad

Concluimos 2019 con una certeza: Andrés Manuel López Obrador es un líder político sin precedentes en la vida moderna del país.

Ese liderazgo se traduce en niveles de popularidad y credibilidad inéditos, alimentados por un fenómeno de comunicación de alcances muy efectivos en el primer año de gobierno.

Porque el ejercicio cotidiano de la conferencia mañanera ha logrado tres objetivos: marcar la agenda de la conversación pública, confrontar con etiquetas de impacto mediático a sus opositores y críticos y dotar de entusiasmo y discurso a la base social de apoyo del gobierno.

De manera que el éxito del Presidente se ha concentrado en la retórica, desde la cual disecciona la cultura de la corrupción que por decenios ha unido al poder político con el económico, una mancuerna que, según esa retórica oficial, ha profundizado la desigualdad y además venía cobijando al crimen.

Visibilizar que hemos vivido en la normalizada corrupción constituye un logro de dimensiones históricas en apenas un año de gobierno.

Se trata de una conquista política por el previsible alcance cultural que el tema de la corrupción tendrá en la disputa de la representación popular.

Pero, sobre todo, es una gran conquista porque siendo impecable en ese diagnóstico de cómo el sistema político generó una ceguera frente a los excesos de los altos mandos de la administración del Estado, su dispendio de recursos públicos y sus negocios al amparo del poder, el presidente López Obrador ha conseguido que coexistan dos varas para medir a los protagonistas de los gobiernos corruptos y corruptores.

Para los opositores, críticos y adversarios, se aplica la vara de que todo lo hecho en el pasado merece ir al basurero. Aunque las investigaciones y las etiquetas presidenciales de corrupción se han focalizado en contados personajes.

Ese tratamiento selectivo es el que convirtió a Rosario Robles en víctima de la saña política que ha permitido que se viole el debido proceso en la indagación que sólo a ella se le sigue por la llamada Estafa Maestra que habría involucrado a 11 dependencias, en el sexenio de Enrique Peña, quien se dedica a posar sin congoja en las revistas del corazón.

Y hay otra vara, la del borrón y cuenta nueva para quienes fueron gobernadores, funcionarios, legisladores, secretarios o integrantes del Poder Judicial en administraciones pasadas y hoy son parte de la autodenominada Cuarta Transformación. Para ellos aplica el refrán “lo que no fue en mi año, no fue en mi daño”. Pese a las consideraciones éticas que suscita esta doble vara, es un hecho que la sanción moral y legal hacia el despilfarro y la corrupción son ya un legado de Andrés Manuel López Obrador.

Con esa certeza cerramos un 2019 que también arrastró una duda: ¿podrá la retórica anticorrupción traducirse en cambios institucionales contra la desigualdad y la violencia de la ilegalidad y el crimen organizado?

Porque hasta ahora, la política social se limitó al reparto de dinero y al incremento del salario mínimo, mejorando el bajo poder adquisitivo de amplios sectores que viven en condiciones de marginación.

Sin embargo, el crecimiento cero de 2019 y los siempre insuficientes recursos públicos que al cierre del año experimentaron disminuciones en la recaudación fiscal, dan cuenta de un estancamiento que pone en duda la promesa de que el combate a la corrupción nos llevaría a la expansión económica.

Y aún cuando el Presidente convenció a millones de que ahora es más importante el desarrollo que el crecimiento, es voluntarismo puro pretender que éste puede darse al margen de la generación de la riqueza.

Ese voluntarismo entrará en 2020 en confrontación con el terreno de la salud, después de haber enterrado el Seguro Popular que operó en tres sexenios, a cambio de un Insabi todavía en el papel, sin reglas de operación ni mecanismos de transición.

Ya en las primeras horas de su puesta en marcha, con el inicio del año, proliferaban testimonios de incertidumbre por la falta de renovación en los contratos con los prestadores del servicio.

Ese desorden institucional es consecuencia de un problema estructural añejo y uno agregado en este sexenio: la insuficiencia financiera del Estado y la falta de experiencia de funcionarios habilitados de héroes para emprender proezas.

Porque de eso se ha tratado la Cuarta Transformación, de ofrecer proezas resumidas en lemas inspiradores, deseos que nadie en su sano juicio se atrevería a contradecir.

“Abrazos, no balazos”. Por supuesto. ¿Alguien quiere lo contrario después de que 2019 fue el año con más muertes violentas?

La duda es otra. ¿Será 2020 el año del Presidente de los milagros o seguirá siendo el gran líder político que nos marca la conversación, mientras reparte etiquetas, salvoconductos, esperanza y entusiasmo?