SE QUEDÓ FRÍO EL ‘OSSY’, NOS DEJÓ PARANOID #MartesDeColumnas @segme99 EN @Excelsior

Por Sergio Martínez Estrada*
Ozzy Osbourne no fue un músico, fue una invocación. Su atuendo negro me parecía un carbón a punto de arder por combustión espontánea; lo cierto es que encarnaba la esencia versátil de la moda del rock pesado. Siempre pensé que era eterno, que era capaz de consumir todas las drogas inimaginables del mundo y, aún así, salir con parsimonia a enseñarnos su cara llena de una sonrisa lenta, lenta.
Ozzy Osbourne no solo encarnaba al “Príncipe de las Tinieblas” del heavy metal, representaba una estética donde la música, el cuerpo y la mercancía se fusionaban. Desde su paso por Black Sabbath hasta su carrera como solista y su conversión en personaje de reality show, Osbourne fue tanto un símbolo de rebeldía como un producto cultural en vitrina.
Su estilo “cool” invadió la moda: la vida suntuosa de un rebelde. Su frivolidad era igual que sus vestuarios excéntricos, negros como si no conociera otro color. Pero esa fusión conquistaba al público. Siempre me pareció un modisto, un ejemplo de la perseverancia del esfuerzo por el espectáculo. El imaginario que proyectaba —ojos delineados, cruces invertidas, murciélagos decapitados y voces rasgadas— responde a una estética oscura, de pasarela lúgubre y espíritu literario, donde la muerte es vestuario y la pose es mercancía.
Su figura se volvió un ícono donde el metal era eso: algo metálico, es decir, dinero. Se ve, se actúa, se comercializa: una apuesta por las apariencias. Lo cierto es que su estética no apostaba a lo distintivo sino a lo mutante; no era decorativa, era una actitud, una identidad. Hiperteatralidad como mercancía para metaleros duros y para todos aquellos afiliados a la parte oscura del negocio del rock.
Pero como buen profeta del ruido, supo ponerse al alcance sin perder lo oscuro. Hacía accesible lo maldito. Lo suyo era lo esotérico convertido en camiseta. Dosis de ese espíritu, todavía se respiran los fines de semana en el Tianguis de El Chopo, ahora instalado en la Biblioteca Vasconcelos —esa joya arquitectónica que asemeja un barco, diseñada por Kalach y Palomar.
Ozzy es una mercancía cultural moderna, heredero —como muchos otros— del culto a las “stars”.
Las luces se encienden; la multitud ruge. Aparece el Ossy como postal del hombre ácido. Se murió el Ossy. Ozzy Osbourne es el espejo distorsionado de una sociedad que primero teme al abismo… y luego lo convierte en muñeco coleccionable. Su estética, originalmente contrahegemónica, terminó convertida en parte del decorado de la fama. Pero incluso así, su figura sobrevive como leyenda de una era donde el ruido y la simulación de la furia no están alejados de los sedantes.
El delirio encontró otro formato el 5 de marzo de 2002, cuando The Osbournes debutó en MTV. Lo que antes era escenario y oscuridad, se convirtió en pantalla y rutina. Durante tres años, millones de espectadores vieron al príncipe del metal tropezar por su casa, maldecir al control remoto, regañar a sus perros y reír con sus hijos. Fue un experimento entre comedia doméstica y documental de culto. El resultado: un Emmy, una familia convertida en franquicia y el Ossy redefinido como una especie de santo caótico del entretenimiento. La televisión lo humanizó pero también lo empaquetó: lo volvió más entrañable y, paradójicamente, más mercancía.
Lo que más recuerdo de esa serie es su refrigerador repleto de lo más efímero: colas, cervezas y refrescos, el matiz perfecto de la felicidad. Se murió el Ossy. Su muerte es noticia de consumo, una especie de melodía purgatorial. No sé si en su velorio vayan a decir salmos o a cantar “Paranoid”, la de Black Sabbath. El Ossy se murió y queda su estética, y su conexión mercantil con un público que buscaba algo más oscuro, crudo y visceral que el rock hippie y lo beatlemaniaco de finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado.
Los rumores y las medias verdades sobre su salud han terminado. El Ossy se murió. Lo escucharemos en las estaciones de radio y en Apple Music o Spotify, que le darán más dólares por cada clic a su familia, a quienes oscuramente hizo florecer en los medios junto a él y ahora le llorarán.
El Ossy está muerto. Frío como una Coca-Cola de su refrigerador. Hasta el momento, la familia no ha revelado la causa de muerte del cantante. Sin embargo, se sabía desde 2019 que Ozzy Osbourne vivía con un diagnóstico de enfermedad de Parkinson.
Yo lo recordaré así: Ozzy Osbourne, con su tono melancólico y crudo, potenció esa sensación de encierro mental con su canción “Paranoid”. El riff principal, creado por Tony Iommi, es rápido, cortante y adictivo. La estructura es sencilla, sin solos prolongados, pero la energía es eléctrica, como la vida del Ossy. Quizá ahora pueda estar solo y dejará de correr. Ya no preguntará a dónde debe ir. Solo será un paranoico loco que se pudo parar.
Mientras tanto, uno aquí sigue sin poder pasar, y comprando y comprando, y escuchando y escuchando al Ossy de “Paranoid”, con su voz rasgada por la emergencia y el desamparo, como un Gregorio Samsa —ya no de aparador, sino producto de Amazon— con estética metalera, pero corazón de oso de peluche.










