APRENDER A ESTAR BIEN #JuevesDeMasColumnas @AnaLiliaHerrera EN @heraldodemexico
La educación no puede ni debe resolver todos los problemas de salud mental de una sociedad.
Hay emociones que detonan acciones y llegan incluso antes que las palabras. Un niño siente miedo antes de saber nombrarlo. Una adolescente puede despertarse con una tristeza que no entiende. Un joven puede pasar semanas angustiado y seguir entrando al salón de clases como si nada ocurriera. A veces, incluso, obtiene buenas calificaciones.
Mariana Edith Rodríguez Lugo, académica de la Facultad de Medicina de la UNAM, explica que las emociones no son buenas ni malas. Tienen una función. El miedo puede paralizarnos, pero también nos protege; el enojo puede conducir a la impulsividad, pero nos ayuda a defendernos; la tristeza puede aislarnos, pero también favorece la reflexión, el aprendizaje y la posibilidad de pedir ayuda.
La clave está en aprender a nombrar lo que sentimos, reconocer su intensidad, identificar cómo se manifiesta en nuestro cuerpo, aceptarlo y regularlo. Y saber que, cuando una emoción nos impide llevar una vida positiva y valiosa, es momento de buscar ayuda profesional y encontrarla.
Una lección para la vida, que debería serlo también para la escuela: esta semana el Inegi reportó que en México se registraron 8 mil 709 suicidios durante 2025. La tasa nacional fue de 6.7 por cada 100 mil habitantes, pero entre los jóvenes de 15 a 29 años llegó a 10.2. En ese grupo ocurrieron casi cuatro de cada diez suicidios del país. Entre los hombres jóvenes, la tasa alcanzó 17.2 por cada 100 mil. Y hay otro dato que estremece: siete de cada diez suicidios ocurrieron dentro de una vivienda.
Detrás hay madres, padres, hijos, hermanos, compañeros de escuela, amigos. Y las preguntas inevitables: ¿cuántas señales reconocieron en su entorno?, ¿cuántos jóvenes no supieron pedir ayuda?, ¿cuántos adultos tampoco supimos escuchar?
En torno a esta problemática, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha construido una experiencia que merece replicarse. Desde 2011, su programa ESPORA Psicológica ofrece atención gratuita a estudiantes que atraviesan crisis emocionales: cuenta con 31 sedes clínicas y un equipo de profesionales especializados en psicoterapia con adolescentes. Su población potencial es de 170 mil estudiantes y más de la mitad son menores de edad.
Recientemente, la Universidad de la Nación dio un paso adicional al crear el Programa de Salud Comunitaria para la Población Estudiantil, dirigido a sus nueve planteles de la Escuela Nacional Preparatoria y cinco del Colegio de Ciencias y Humanidades, incorporando prácticas basadas en evidencia, atención diferenciada y equipos multidisciplinarios con profesionales de psicología, medicina, enfermería, pedagogía, trabajo social y antropología.
¿Por qué no aprender de esos modelos y adaptarlos a otros bachilleratos y secundarias del país? No se trata de convertir a los maestros en psicólogos ni de diagnosticar desde el salón de clases. El reto es construir capacidades: enseñar a reconocer emociones, capacitar para detectar señales de alerta, contar con protocolos, profesionales y rutas claras de atención, y hacer de pedir ayuda, una conducta normal, no motivo de vergüenza.
Frente a la ola de violencia que se vive en el mundo entero, las instituciones de educación superior en el país impulsan programas de cultura de paz, para resolver de forma pacífica los conflictos. Incluso la ANUIES instaló la Red Nacional para la Paz precisamente para transversalizar estos temas y compartir experiencias exitosas que promuevan entornos seguros e incluyentes, el diálogo y fortalecer redes de colaboración.
Avances necesarios que requieren un inicio más temprano y una mayor profundidad. La paz con los demás, difícilmente se construye si una persona vive permanentemente en guerra consigo misma. Aprender a convivir supone también aprender a reconocer la frustración, tramitar el enojo, tolerar el fracaso, pedir ayuda y desarrollar empatía.
La educación no puede ni debe resolver todos los problemas de salud mental de una sociedad. Pero la escuela es uno de los pocos lugares por los que pasan prácticamente todas las niñas, niños y jóvenes. Junto con las familias, son un espacio privilegiado para aprender, detectar, acompañar y canalizar.
POR ANA LILIA HERRERA ANZALDO
COLABORADORA
@AnaLiliaHerrera









