LOS DISTINTOS COLORES DE LA DEMOCRACIA #JuevesDeMasColumnas @DulceSauri EN @DiariodeYucatan
Rosa mexicano. Lila. Gris. En apenas quince días, el INE pasó del lila al gris; antes había dejado atrás el rosa que durante un cuarto de siglo distinguió a la autoridad electoral. Del rosa mexicano que identificó al árbitro en la etapa culminante de la transición democrática hemos llegado al gris con el que se dispone a organizar las elecciones de 2027. Parece que, junto con el color, el INE estuviera perdiendo presencia, desdibujándose, tratando de confundirse con el paisaje.
La explicación oficial inquieta todavía más. El INE dice que eligió el gris por los valores de “neutralidad e imparcialidad” propios del árbitro electoral. ¿Neutralidad? Nunca ha sido uno de los principios rectores constitucionales del IFE ni del INE. La reforma de 1996 estableció Certeza, Legalidad, Independencia, Imparcialidad y Objetividad. Un árbitro imparcial aplica las reglas por igual; uno independiente lo hace aunque incomode al poderoso. Ninguno necesita ser neutral ante una infracción que debe prevenir o sancionar.
Tampoco necesita vestirse de un color neutral. Necesita un color distinto. En el reciente Mundial de Futbol los árbitros vistieron camisetas de varios colores, hasta rosa flamenco. El color no los hacía “neutrales”: los hacía distinguibles. El árbitro tiene que hacerse visible.
La democracia mexicana también fue adquiriendo colores. Quienes vivimos su larga transición recordamos el rojo del PRI, el azul del PAN y el amarillo del PRD. Después llegaron el verde, el naranja y, mucho más tarde, el guinda. A partir del año 2000, el IFE hizo del rosa mexicano un distintivo propio: intenso, reconocible. Tener color no le impedía ser imparcial. Lo hacía visible.
El rosa mexicano nunca fue color partidista. La Marea Rosa lo tomó en 2022 precisamente porque era el color del INE que miles de ciudadan@s salieron a defender. Después, aquellas movilizaciones adquirieron una identificación opositora y el rosa terminó utilizado incluso por una organización política en busca de su registro. El INE ni las manos metió por su color. No defendió su distintivo. Simplemente abdicó de él, lo echó al cesto de las cosas usadas y desechadas, probó quince días con el lila y terminó vestido de gris.
Los colores tampoco significan solamente lo que pretende quien los escoge. El gris Oxford puede evocar seriedad, sobriedad, hasta aquellos elegantes trajes de los galanes del cine de los años cincuenta. A mí, después del vibrante rosa mexicano, este gris me produce tristeza. Lo siento opaco, gastado, como una cosa que ha perdido el brillo por el descuido. Es subjetivo, desde luego. Pero una identidad gráfica está hecha precisamente para producir percepciones.
No es solo el color gris lo que me inquieta. Es la facilidad de la renuncia. Si así de sencillo resultó abandonar un distintivo que durante un cuarto de siglo identificó a la autoridad electoral, ¿con qué firmeza defenderá el INE algo infinitamente más importante: sus atribuciones como árbitro? Porque también allí aparecen señales de repliegue. El color puede desecharse. Las funciones constitucionales, no.
Campañas anticipadas
Las campañas por las gubernaturas de 2027 ya comenzaron, aunque todavía no puedan llamarse campañas. Morena nombra “Coordinadores Estatales en Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”; el PAN, “Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad”; el PRI, “Defensores de México”. Fuera de tiempo, fuera de la ley. El consejero Arturo Castillo propuso controles preventivos sobre propaganda y fiscalización de gastos de las campañas anticipadas. La mayoría decidió no hacerlo. Regular esos procesos, sostuvo, “corresponde al Congreso”. Cuando el partido ya comenzó, el árbitro no puede guardar el silbato hasta que el legislador le explique qué hacer.
Otra señal está en la verificación. Para los observadores electorales, el INE sustituyó la comprobación contra registros oficiales de servidores públicos vinculados con programas sociales por una declaración bajo protesta de decir verdad. La Sala Superior tuvo que recordarle algo elemental: declarar no equivale a verificar. Cuando alguien solicita por primera vez su credencial, el INE no confía simplemente en que sea mayor de edad: lo comprueba. Cuando llega a la casilla, verifica su presencia en la lista nominal. La confianza nunca ha sustituido a la verificación. Ése es precisamente el trabajo de la autoridad electoral y una condición de la certeza.
Más delicados todavía son los controles sobre los capacitadores-asistentes electorales (CAE) y supervisores electorales (SE). No son empleados secundarios de la maquinaria electoral. El/la capacitadora llega hasta el domicilio de las ciudadanas y ciudadanos sorteados, los visita y notifica, los convence de aceptar una responsabilidad cívica y después los capacita para recibir y contar nuestros votos. Resuelve dudas, acompaña la preparación de la mesa directiva y establece una relación de confianza con quienes harán funcionar la casilla. Es, en los hechos, la correa de transmisión entre el INE y la ciudadanía que organiza la elección desde abajo. El supervisor tiene la responsabilidad de coordinar y vigilar ese trabajo.
El Instituto mantuvo la compulsa de aspirantes a CAE y SE con los padrones partidistas, pero relajó consecuencias asociadas a sus resultados y restringió mecanismos de vigilancia sobre su contratación. No es un detalle administrativo. Estamos hablando de quienes llevarán la presencia del INE hasta la última casilla del país. ¿Por qué disminuir controles precisamente sobre ellos?
Aquí está el verdadero problema de la “neutralidad” escogida para explicar el gris. Un árbitro imparcial no favorece a ningún jugador, pero arbitra; uno independiente ejerce sus facultades aunque incomode al poderoso. Otra cosa es la neutralidad timorata: la que rehúye la controversia y prefiere no marcar la falta antes que soportar los reclamos del jugador dominante. Ni frío ni calor; ni chicha ni limonada.
Esa tibieza tiene un costo: un árbitro que reduce la prevención, sustituye la verificación por la comodina confianza o renuncia a ejercer sus facultades se vuelve menos capaz de garantizar certeza. No me tranquiliza un árbitro que se proclama neutral, sino el que verifica, previene, vigila y, cuando corresponde, sanciona.
Quienes vivimos el largo tránsito hacia elecciones competidas sabemos que la democracia mexicana no apareció de un día para otro. Desde aquel 1989 en que la alternancia en una gubernatura dejó de ser una imposibilidad, fue adquiriendo competencia, reglas, instituciones, controles y colores. Primero, los colores de los partidos que comenzaron a competir intensamente. Después, el rosa mexicano de un árbitro que necesitaba distinguirse de todos y hacerse visible. Ahora llega el gris.
El gris admite muchos apellidos. Puede ser Oxford, como el del uniforme de gala de la Guardia Nacional: serio, sobrio, hasta elegante. Pero puede ser también humo, cuando dificulta ver; ceniza, cuando algo ha dejado de arder; o tormenta, cuando el cielo se oscurece y anuncia lo que puede venir. El INE dice que el suyo representa neutralidad e imparcialidad. Yo miro hacia las elecciones de 2027 y temo otro significado: el de un árbitro desdibujado, temeroso de hacerse ver y sentir precisamente cuando más necesitará hacerlo.
De los colores de la competencia al rosa vibrante del árbitro; del rosa al gris de la penumbra. ¿Así va también la democracia mexicana?— Mérida, Yucatán
Correo: dulcesauri@gmail.com
*Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán










