LOS VASOS Y LA MESA: #Domingueando @DulceSauri EN @DiariodeYucatan
“Reconstruir el diálogo ante la polarización”
Hace cincuenta años un vaso se hizo famoso en la televisión mexicana. En 1976, El Heraldo de México lanzó una campaña publicitaria que decía, palabras más, palabras menos: “Hay quien ve este vaso medio lleno, hay quien lo ve medio vacío. Cuestión de enfoques”. El anuncio se transmitió tanto y coincidió de tal manera con el inicio del gobierno de José López Portillo que muchos terminamos atribuyendo al presidente una frase que nunca fue suya.
Medio lleno o medio vacío. Dos personas podían observar la misma cantidad de agua y llegar a conclusiones diferentes. Una veía lo que había; otra, lo que faltaba. Ambas veían el mismo vaso. Discutían la interpretación de una realidad que, sin embargo, compartían.
La polarización de 2026 ha cambiado la metáfora.
Ahora tenemos dos vasos. Cada uno lleno hasta el borde. En uno caben determinados datos, medios de comunicación, personajes, agravios y certezas. En el otro, lo mismo pero interpretados al revés. No queda espacio para una sola gota procedente del contrario.
Ya no es solamente cuestión de enfoques. Es cuestión de pertenencias, de afiliaciones.
¿Estamos realmente tan polarizad@s?
La evidencia indica que sí, aunque de una manera más compleja que una simple división entre izquierda y derecha. V-Dem, uno de los proyectos internacionales más importantes de medición de la democracia, registra para México un fuerte crecimiento de la polarización política en este siglo.
Investigaciones de Alejandro Moreno, del ITAM, muestran además que el eje que más divide actualmente no es necesariamente izquierda-derecha, sino apoyo-rechazo a la llamada 4T (Cuarta Transformación).
Más que dos ideologías perfectamente delimitadas, parecen haberse formado dos grandes identidades políticas. Y cuanto más identificad@ está alguien con una de ellas, mayor distancia percibe respecto de la otra.
Los vasos se llenan con certezas propias.
Pero hay una buena noticia.
La Encuesta Nacional de Culturas Políticas y Democracia de la UNAM encuentra que, debajo de esas diferencias, subsisten importantes “sentidos comunes”. Más de tres cuartas partes de los entrevistados privilegian los bienes públicos —hospitales, escuelas— para aumentar la prosperidad; una amplia mayoría coloca las reglas de la ley por encima de las enseñanzas religiosas al definir la buena ciudadanía.
Polarizado, no dividido
México está polarizado.
Pero México no está dividido sobre todo.
Tal vez el problema no sea entonces que existan varios vasos. Una democracia plural necesita muchos. Las dificultades comienzan cuando cada vaso se convence de que es el único. Necesitamos recuperar la mesa donde haya lugar para todos los vasos.
He vivido una experiencia que me enseñó que es posible.
En 1995 formé parte de la delegación oficial mexicana a la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, organizada por Naciones Unidas en Pekín. El gobierno de Ernesto Zedillo decidió integrar una representación plural: funcionarias, legisladoras de distintos partidos, académicas y representantes de organizaciones civiles de orientaciones ideológicas muy diversas. Paralelamente, centenares de mexicanas participaron en el foro de organizaciones no gubernamentales realizado en Huairou.
El gobierno puso la mesa.
No sería realista suponer que lo hizo dispuesto a perder el control de la delegación. Pero abrió un espacio. Y las mujeres vimos la oportunidad.
La tomamos.
Diferencias profundas
Entre nosotras había diferencias profundas. Quizá la mayor era la interrupción del embarazo. Para unas constituía un derecho; para otras era absolutamente inaceptable.
No resolvimos el desacuerdo.
Lo “encorchetamos”.
Reconocimos que en ese punto no habría coincidencia y nos negamos a permitir que esa diferencia impidiese trabajar juntas en aquello donde sí la había: participación política, violencia contra las mujeres, salud, educación, trabajo y la incorporación de la perspectiva de género a las políticas públicas, entre otras.
Al regresar de China estiramos la liga. Gobierno y mujeres provenientes de distintos espacios políticos y sociales impulsamos el Programa Nacional de la Mujer y posteriormente la Comisión Nacional de la Mujer, antecedentes del Instituto Nacional de las Mujeres.
Nunca lo hubiéramos logrado divididas.
No cuento esta historia para hacer de los derechos de las mujeres el tema de este artículo. La cuento porque demuestra algo que la polarización parece habernos hecho olvidar: no necesitamos estar de acuerdo en todo para construir algo junt@s.
“Encorchetar” tampoco significaba renunciar a las convicciones. Nadie abandonó su posición ni prometió dejar de defenderla. Simplemente reconocimos que un desacuerdo, por profundo que fuese, no tenía derecho a cancelar todos los acuerdos posibles.
Ésa es justamente una de las consecuencias más dañinas de la polarización actual.
El desacuerdo parcial se convierte en incompatibilidad total. Si discrepas conmigo en A, te conviertes también en mi adversari@ en B, C y D. Ya no importa tanto qué propones, sino quién eres. Una idea procedente del otro campo se descalifica antes de ser examinada.
Así se llenan los vasos.
Y así desaparece la mesa.
¿Quién debe reconstruirla?
La experiencia de 1995 ofrece una pista. El saque inicial correspondió al gobierno.
Mayor responsabilidad
Quien concentra mayor poder tiene también mayor responsabilidad para abrir espacios de interlocución. Un gobierno democrático no gobierna solamente para quienes votaron por él. Gobierna también para quienes votaron en contra, para quienes se abstuvieron y para quienes lo critican.
Pero poner la mesa no significa decidir quién puede sentarse en ella.
Una mesa integrada solamente por quienes coinciden con el gobierno no es diálogo. Es reunión de aliados.
Para que exista diálogo tienen que sentarse quienes incomodan.
La responsabilidad tampoco termina en el poder público. En 1995, una vez abierta la oportunidad, las mujeres estiramos la liga. Hoy universidades, Congreso, partidos, organizaciones sociales, empresarios, sindicatos, medios, iglesias y ciudadanos pueden hacer lo mismo: exigir espacios, construirlos y ensancharlos.
No necesitamos ceremonias de reconciliación. Mucho menos fotografías donde todos sonrían.
La mesa democrática tiene que servir para discutir. Para contradecir. Para decir no. Para reconocer aquello sobre lo que no habrá acuerdo. Para “encorchetarlo”, cuando sea posible, y buscar las coincidencias suficientes para actuar.
Hace cincuenta años discutíamos si el vaso estaba medio lleno o medio vacío.
Hoy cada quien parece tener el suyo, lleno de certezas hasta el borde.
No necesitamos vaciarlos. Tampoco volver al vaso único.
Necesitamos recuperar la mesa.
El poder puede dar el primer saque. La sociedad tendrá que estirar la liga.
Porque una democracia comienza a dejar de serlo cuando, en lugar de discutir qué hacemos juntos, decidimos que con el otro ya no hay nada de qué hablar.— Mérida, Yucatán









