MUCHO MÁS QUE UN MILLÓN DE PERSONAS #JuevesDeMasColumnas @jimeaja EN @heraldodemexico

COLUMNA, NACIONAL, POLÍTICA

La del Ángel de la Independencia completamente cubierto por una marea verde, blanca y roja después del triunfo de México frente a Ecuador.

Hay imágenes que duran apenas unos minutos y, sin embargo, terminan diciendo algo sobre un país entero.

La del Ángel de la Independencia completamente cubierto por una marea verde, blanca y roja después del triunfo de México frente a Ecuador es una de ellas. Más de un millón de personas ocuparon las calles para celebrar una victoria deportiva. Pero, mientras veía esa escena, no podía dejar de pensar que quizá estábamos haciendo la pregunta equivocada.

No deberíamos preguntarnos cómo un partido de fútbol fue capaz de reunir a un millón de personas.

La verdadera pregunta es por qué necesitábamos tanto volver a encontrarnos.

Después de más de cuatro décadas dentro del Movimiento Olímpico he tenido el privilegio de ver al deporte hacer cosas extraordinarias. He visto cómo acerca culturas, abre conversaciones entre países y crea puentes donde antes parecía haber distancia. Ningún protocolo diplomático consigue en unas horas lo que una competencia deportiva puede provocar entre millones de personas.

Pero aquella noche entendí que el mayor poder del deporte quizá no está entre las naciones. Está dentro de ellas.

Porque en México el fútbol nunca ha sido solamente fútbol.

No seguimos a la selección únicamente por un uniforme o por un marcador. La seguimos porque, sin darnos cuenta, ahí también vive una parte de nuestra identidad.

La identidad de un país no se construye únicamente con su historia, sus símbolos o sus instituciones. También se construye a partir de las emociones que millones de personas aprenden a compartir. De las tradiciones que se heredan sin necesidad de explicarlas. De esos rituales cotidianos que pasan de generación en generación hasta convertirse en parte de quienes somos.

El fútbol es uno de esos rituales.

Está el abuelo que escuchaba los partidos por radio. La madre que preparaba la comida mientras el resto de la familia discutía cada jugada. El primer Mundial que alcanzamos a entender siendo niños. El gol que hizo brincar a toda la casa. El abrazo con alguien que hoy ya no está, pero que cada cuatro años vuelve a sentarse, de alguna manera, frente al mismo televisor.

No heredamos solamente la afición.

Heredamos una forma de sentirnos mexicanos.

Quizá por eso el fútbol ocupa un lugar tan especial en nuestra cultura. Porque cada partido importante despierta algo que va mucho más allá de la ilusión de ganar. Nos devuelve, aunque sea por un instante, a quienes fuimos, a las personas que nos enseñaron a sentir y a esa identidad compartida que, muchas veces, olvidamos que nos une.

Pero esa intensidad no es exclusiva del deporte.

Los mexicanos celebramos así la vida. Lloramos así las pérdidas. Nos reunimos así alrededor de nuestras tradiciones, de nuestra música, de nuestras familias. Compartir las emociones no es una costumbre; es una forma de entender quiénes somos.

Y tal vez por eso la imagen del Ángel resultó tan poderosa.

Ese monumento ha visto protestas, celebraciones, despedidas y conquistas. Es, de alguna manera, el lugar donde México acude cuando necesita expresar algo que no cabe en las palabras. Aquella noche volvió a hacerlo.

Vivimos tiempos marcados por la polarización, la incertidumbre, la violencia y el cansancio. Nos hemos acostumbrado a hablar de aquello que nos divide. Sin embargo, durante unas horas ocurrió algo profundamente inusual: nadie preguntó por las diferencias del otro. Bastó una camiseta, una bandera o un mismo grito para sentirse parte de algo más grande que uno mismo.

Quizá por eso aquella celebración conmovió tanto.

No porque hubiera un millón de personas reunidas.

Sino porque descubrimos que todavía somos capaces de reunirnos un millón de personas alrededor de una misma emoción.

Los grandes eventos deportivos suelen medirse por la derrama económica, el turismo o la audiencia que generan. Todo eso importa. Pero existe un legado mucho más difícil de cuantificar: la posibilidad de recordar que compartimos mucho más de lo que a veces creemos.

Porque esa noche el Ángel no fue únicamente el escenario de una celebración.

Fue el espejo de un país que, por unas horas, dejó de mirarse desde sus diferencias para reconocerse en una emoción compartida.

Y esta noche volveremos a sufrir.

Volveremos a emocionarnos.

Volveremos a creer.

Y, por noventa minutos, volveremos a ser simplemente mexicanos.

POR JIMENA SALDAÑA

PANAMSPORTS

@JIMENASALDANAG