TRIUNFO ÉTICO DE LA UNAM #JuevesDeMasColumnas @beltrandelrio EN @Excelsior
La crisis desatada en torno del examen de admisión en línea para el ciclo de licenciatura 2026-2027 es, sin lugar a duda, una de las pruebas más duras que ha enfrentado la Universidad Nacional Autónoma de México en toda su historia.
La falta de una supervisión rigurosa del proceso y la lentitud inicial para reaccionar y dar a conocer ella misma la alarmante magnitud de las trampas constituyeron fallas gigantescas que pusieron en entredicho la credibilidad institucional.
Sin embargo, la oportuna y firme reacción que ha mostrado la UNAM desde entonces la encamina por el sendero correcto para salir de esta tormenta. Si bien es de dominio público que hubo colaboradores cercanos del doctor Leonardo Lomelí Vanegas que se resistían a cancelar el examen ante el costo político y operativo, el rector tomó la decisión adecuada al integrar una comisión especial plural y de alto nivel encargada de revisar a fondo el caso.
Dicha comisión trabajó con seriedad, rigor técnico y apego a la legislación universitaria, emitiendo una recomendación impecable: convocar a un examen de control presencial que no quitara la oportunidad de acceder a quienes habían obtenido el mayor número de aciertos, pero que también la restituyera a aquellos aspirantes que, habiendo sido afectados por la distorsión estadística de los resultados, habían quedado fuera pese a ostentar un puntaje que en otra circunstancia les habría valido el ingreso.
El rector hizo lo correcto al respaldar sin titubeos este diagnóstico. Con dicha acción, la UNAM hizo valer sus principios éticos fundamentales, un rescate axiológico que debe aquilatarse en una época en la que, malamente, se afirma que se vale hacer lo que sea para progresar económicamente o escalar socialmente, incluyendo la trampa descarada. Es de elogiarse la valentía del rector Lomelí en medio de un fuego cruzado incesante, en el que muchos opinadores, tanto en la izquierda como en la derecha, buscaron aprovechar la coyuntura para acabar con el examen de admisión, o poniendo incluso en duda la vigencia del modelo educativo de la UNAM y hasta cuestionando la relevancia de la institución misma.
Frente a ese vendaval, el rector fue lúcido y claro al sentenciar con firmeza que la trampa es inadmisible para ingresar en la Universidad Nacional. Como egresado de esta casa de estudios, a la que tanto debo, le agradezco que haya hecho prevalecer la ética por encima de la comodidad burocrática. Pero también, por ser producto de su formación crítica, debo señalar con honestidad que el episodio no está totalmente superado y que la Universidad tiene la obligación de terminar bien el trabajo, evaluando hasta el final las causas de lo sucedido, aplicando sanciones y tomando medidas tecnológicas y administrativas para que no vuelva a pasar, sin renunciar jamás a atender de frente y con transparencia los problemas complejos que se le presenten.
La sociedad mexicana también debe sentirse satisfecha de su Universidad Nacional. Quienes desde la política y el gobierno están convocando a la UNAM a hacer “un mayor esfuerzo” para admitir de golpe a muchos más alumnos, quizás ignoran que en la realidad cotidiana de nuestra máxima casa de estudios lo común es encontrar grupos saturados con 80 estudiantes por aula. Quien de buena fe pida que la institución amplíe aún más su matrícula debe entender, primero, que hay que trabajar arduamente en mejorar de raíz la calidad de la enseñanza en los niveles educativos previos y, segundo, que la Universidad —que, además de formar a los mejores profesionistas, también realiza una abrumadora y vital parte de la investigación que se hace en este país— requiere de suficiencia presupuestal.
Para cerrar esta reflexión hay que decir, como lo escribí hace algunos días en este mismo espacio, que no es sólo la UNAM la que debe meditar sobre esta crisis inédita, sino la sociedad entera, pues quizá nunca antes se había visto en México un ejercicio tan masivo, cínico y simultáneo de la trampa como el que atestiguamos con este examen en línea. Hay algo que está fallando en los valores cívicos de nuestra sociedad y eso urge someterlo a una revisión colectiva.










