*LEGADO DEL MUNDIAL; ADIÓS A SANTO TOMÁS*:#JuevesDeMasColumnas @DulceSauri EN @DiariodeYucatan

NACIONAL

Durante casi dos mil años, la incredulidad de Santo Tomás quedó resumida en una frase que atravesó generaciones: “Ver para creer”. La expresión convirtió a los ojos en la última frontera de la certeza. Podíamos desconfiar de rumores, relatos o autoridades, pero aquello que veíamos con nuestros propios ojos parecía escapar a toda duda.
Esa certeza comienza a desmoronarse.
Hoy observamos una fotografía y nos preguntamos si fue creada por inteligencia artificial. Escuchamos una voz y dudamos si pertenece realmente a quien parece hablar. Vemos un video y sospechamos que pudo ser manipulado. Sin apenas advertirlo, estamos entrando en una época en la que ver ya no basta para creer.
El Mundial de Fútbol ofrece un extraordinario laboratorio para observar este cambio.
Millones de personas contemplan simultáneamente la misma jugada. Ven el disparo, el gol, la caída dentro del área o una aparente posición adelantada. Cada quien forma una convicción. Sin embargo, la discusión ya no termina cuando concluye la repetición televisiva. Termina cuando interviene el VAR (Video Assistant Referee).
El videoarbitraje nació como una herramienta de apoyo. Su misión consistía en ayudar al árbitro a corregir errores claros y manifiestos en jugadas decisivas. La tecnología ampliaba la capacidad humana para observar aquello que, por la velocidad del juego, podía haber pasado inadvertido.
Pero durante este Mundial parece haberse cruzado una frontera.
El VAR ya no actúa solamente como auxiliar. Se ha convertido en una autoridad con iniciativa propia. Desde una sala lejana observa, detiene, reconstruye y examina las jugadas. Puede retroceder varios segundos para detectar una falta previa, trazar líneas invisibles al ojo humano, identificar contactos mínimos y recomendar la modificación de una decisión tomada sobre la cancha.
El árbitro sigue siendo el rostro visible de la autoridad. Conserva el silbato y anuncia la decisión final. Sin embargo, el verdadero proceso de decisión comienza a desplazarse hacia un espacio al que el público no tiene acceso: una sala repleta de pantallas, sensores, programas y especialistas.
La tecnología no ha eliminado la discrecionalidad. La ha trasladado a un lugar menos visible.
Las polémicas de este torneo ilustran el cambio. Goles anulados por posiciones adelantadas de unos cuantos centímetros, faltas cometidas segundos antes de que el balón entrara en la portería, expulsiones sugeridas desde la cabina o penales concedidos tras revisar una sucesión de imágenes modificaron marcadores y alteraron el destino de varias selecciones. En contrapartida, faltas que no se marcan porque el VAR no las vio… o no quiso verlas.
Podrá discutirse si cada decisión fue correcta. Lo verdaderamente novedoso es otra cosa: la autoridad de la decisión parece provenir menos del árbitro que de la tecnología que lo respalda.
“Lo confirmó el VAR”, se dice, como si esa frase cerrara cualquier discusión.
Pero ¿qué significa exactamente que el VAR confirmó una jugada?
No lo hizo una máquina autónoma. Intervinieron personas que eligieron las imágenes, determinaron dónde comenzaba la acción, interpretaron el reglamento y decidieron si existía un error suficientemente grave para llamar al árbitro. También participaron algoritmos, sensores y programas diseñados por otras personas conforme a criterios que el público desconoce.
Detrás de la aparente objetividad siguen existiendo decisiones humanas.
Y también relaciones de poder.
Todas las imágenes que millones de espectadores reciben durante el Mundial proceden de una sola producción. Nunca habíamos contado con tantos recursos tecnológicos para observar un partido. Pero tampoco habíamos dependido tanto de una única fuente para construir aquello que consideramos evidencia. La FIFA produce y gestiona las imágenes, el VAR es nombrado y le responde a la FIFA.
Las y los espectadores creen verlo todo. En realidad, ven aquello que la producción decide mostrarles.
Esta reflexión rebasa el fútbol.
La inteligencia artificial comienza a instalarse como una nueva fuente de autoridad. Ya participa en diagnósticos médicos, decisiones financieras, procesos de selección de personal, sistemas de seguridad y producción de información. La promesa resulta seductora: decisiones más rápidas, más precisas y aparentemente más objetivas.
“Lo determinó el algoritmo”. La inteligencia artificial detectó”. “El sistema concluyó”. Poco a poco, esas expresiones empiezan a revestir las decisiones de una legitimidad especial.
Pero aquí aparece la gran paradoja de nuestro tiempo.
La misma inteligencia artificial que promete producir mayor certidumbre está generando una sospecha inédita. Nunca habíamos podido fabricar imágenes tan convincentes. Nunca había sido tan sencillo reproducir una voz, alterar un rostro o construir una escena inexistente. La tecnología a la que acudimos para certificar la verdad posee también la capacidad de fabricar falsedades casi indistinguibles de ella.
Necesitamos que una máquina nos diga si otra máquina nos está engañando.
Por eso el Mundial constituye mucho más que un torneo deportivo. Nos está acostumbrando, casi sin advertirlo, a aceptar que cuando existe una diferencia entre lo que vieron nuestros ojos y lo que concluye un sistema tecnológico, la última palabra corresponde al sistema.
No se trata de rechazar la tecnología. El VAR corrige errores que antes podían decidir injustamente un partido. La inteligencia artificial abre posibilidades extraordinarias para la medicina, la educación y la ciencia. El problema comienza cuando confundimos capacidad tecnológica con verdad indiscutible.
Todavía, ningún algoritmo carece de autores. Ningún sistema funciona sin reglas. Ninguna inteligencia artificial está libre de los datos, criterios, intereses y sesgos de quienes la diseñan, alimentan y utilizan.
Durante siglos, “ver para creer” expresó la resistencia humana frente al dogma. Hoy esa vieja certeza está siendo cuestionada silenciosamente. Estamos pasando de creer en lo que vemos, a creer en lo que la tecnología certifica que vimos.
Tal vez ése sea el legado más profundo de este Mundial. No el perfeccionamiento del fuera de juego semiautomático ni los sensores ocultos dentro del balón. Lo verdaderamente trascendente es que estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de autoridad.
Y como toda autoridad que aspira a ser legítima, también la inteligencia artificial deberá aceptar algo que ninguna tecnología puede sustituir: el derecho de los seres humanos a preguntar, comprender y, llegado el caso, disentir.
Quizá Santo Tomás seguiría exigiendo pruebas para creer. Pero sospecho que, antes de tocar las heridas, hoy pediría conocer el algoritmo.— Mérida, Yucatán
dulcesauri@gmail.com
Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán