LO QUE EL MUNDIAL NOS DEJA, AUNQUE EL BALÓN SIGA RODANDO #JuevesDeMasColumnas EN @ContraReplicaMX

Son los voluntarios que regalaron su tiempo, el que ayudó a un turista perdido, el que le recomendó el mejor lugar para comer, el que se esforzó para que alguien volviera.
México ya se despidió del Mundial. Caímos en octavos de final ante Inglaterra, en un partido de infarto que el Azteca vivió hasta el último minuto. Canadá y Estados Unidos, los otros dos anfitriones, corrieron la misma suerte. Y mientras las selecciones que siguen compitiendo se preparan para las semifinales, hay una pregunta que como país deberíamos hacernos ya, sin esperar a la final del 19 de julio: ¿qué nos deja haber sido sede?
Los informes oficiales ya están calculando turistas, ocupación hotelera y derrama económica. Tendrán razón: todo eso es legado. Pero el legado que de verdad importa no cabe en una hoja de cálculo. Es una generación de organizadores que aprendió, en vivo y bajo presión mundial, a operar un evento de esta escala.
Son los voluntarios que regalaron su tiempo, el que ayudó a un turista perdido, el que le recomendó el mejor lugar para comer, el que se esforzó para que alguien volviera a su país hablando bien del nuestro. Es también una generación de niños que salió a patear un balón después de cada partido, que pidió una camiseta, que quiso inscribirse en un equipo, que descubrió que el deporte también puede ser un sueño propio.
Tal vez uno de ellos represente algún día a México, entrene a otros, organice unos Juegos, o simplemente conserve para siempre el recuerdo de la primera vez que sintió que todo un país latía al mismo ritmo. El verdadero examen no es el día de la inauguración, sino los meses posteriores: si esa capacidad y ese entusiasmo se quedan, o se dispersan como tantas veces antes.
Pero este Mundial también deja una lección incómoda: la de una FIFA que, en plena competencia, dejó espacio a la presión política. La decisión de levantar la sanción al delantero estadounidense Folarin Balogun, luego de una llamada de alto nivel desde la Casa Blanca a Gianni Infantino, desató un cuestionamiento pocas veces visto en un torneo en curso, con expresidentes de la FIFA y federaciones rivales preguntándose si el reglamento se aplica igual para todos.
Como dirigente olímpica entiendo el peso de esa pregunta: cuando una institución permite que la política roce sus decisiones técnicas, se erosiona la confianza en todo el sistema, y ese daño no se revierte con un comunicado.
La eliminación temprana del Tri nos dolió, y es válido que doliera. Pero reducir el Mundial a ese resultado, o a la polémica de un torneo cada vez más atravesado por intereses ajenos al deporte, sería desperdiciar la oportunidad real: evaluar si México demostró capacidad de sede, con reglas iguales para todos, de principio a fin. Esa es una forma de excelencia que no siempre se aplaude, pero que vale tanto como cualquier trofeo.
El verdadero legado de un Mundial no lo define un marcador ni una llamada telefónica. Lo define si esa generación que aprendió a operar un evento así se queda o se dispersa, si esos niños encuentran cancha y entrenador esperándolos, y si el deporte queda mejor protegido para el siguiente reto. Los estadios reciben al Mundial. Los ciudadanos son quienes lo convierten en legado.
POR JIMENA SALDAÑA
COLABORADORA
@JIMENASALDANAG










